Todas las
historias deben
ser contadas

La escuela con hambre y con golpes

Por Alvaro Velez publicado el 09/20/2008 archivado en comics

Paracuellos es una serie en cómic, dibujada por Carlos Giménez entre 1977 y 2003, y recopilada en seis tomos (en el 2007 Ramdon House Mondadori editó un libro de toda la serie). Una vez más el trasfondo de la historia es el periodo franquista en España, aunque en este caso nos encontramos durante los primeros años del ascenso del generalísimo y de todas las banderas falangistas. Por supuesto, España se divide en dos: los republicanos, que han perdido la guerra civil y los nacionalistas, victoriosos y herederos de el antiguo régimen monárquico. Los derrotados sufrirán entonces toda clase de vejámenes en manos de los victoriosos, durante un largo periodo que va hasta medidos de la década de los setenta y cuyos rezagos aún se pueden notar en la actual sociedad española –ahí tenemos entonces un ejemplo palpable y cercano de una sociedad dividida entre vencedores y vencidos–.


Uno de los casos concretos de los abusos sufridos por los derrotados, y por las clases menos favorecidas en general, durante los primeros años de la posguerra civil española son los hogares de la Obra Nacional de Auxilio Social, instituciones educativas para niños pobres, asistidas por la Iglesia. Uno de esos hogares se encontraba en las afueras de Madrid, exactamente en el sector de Paracuellos de Jarama. Allí estuvo Carlos Giménez durante su infancia y vivió en carne propia toda la represión del gobierno franquista.

Docenas de niños internos en el Auxilio Social de Paracuellos en medio de los abusos de sus profesores, y entre ellos mismos. El hambre es lo que más azota en la institución educativa. Giménez cuenta, en Paracuellos, variadas historias en donde el hambre es la protagonista y cómo los niños se las arreglan para conseguir un bocado: guardan pedazos de pan en los colchones, negocian con comida que han guardado o que sus parientes les han traído en los días de visita; se roban comida entre sí, hacen apuestas por un por una fruta o por un plato de sopa. Y a pesar de la búsqueda incesante de un trozo de comida siempre tienen hambre, porque la desnutrición se nota a leguas en los dibujos de Giménez: flacos, ojerosos y con una expresión de tristeza es el común denominador en los niños del Auxilio Social. Afortunadamente ahí esta la lanza falangista, la disciplina, Dios, la patria y Franco, para combatir al dragón del hambre, porque España ahora es, y gracias a los nacionalistas, una, grande y libre.


Eso es lo que combate el hambre; así los niños no lo quieran creer es necesario que lo entiendan de otras formas, a los golpes por ejemplo. Golpean a los niños las profesoras porque no hicieron la tarea o porque no saben sumar; los golpea Antonio, el encargado de enseñar la doctrina falangista, porque no formaron bien en el patio o porque algún niño está distraído en la formación; los golpea el padre Rodriguéz –con su famoso invento: la cachetada doble–, porque no se saben una oración, porque hablan en misa o, simplemente, por deporte, para que vayan aprendiendo como es de dura la vida.

“…Me gustaría que los relatos de Paracuellos fueran considerados no solamente como la historia de unos colegios raros y perversos, sino además, también, como parte de la historia de la posguerra española…”

Carlos Giménez, al igual que en Los Profesionales, emprende la narración de Paracuellos valiéndose de sus propias experiencias y con la ayuda de algunos de los amigos que estuvieron en el mismo hogar de Paracuellos o en otros similares a lo largo de España. Su método es la entrevista, que le sirve para recopilar las anécdotas que completan la historia de sus vivencias en la institución.

Con las historias recopiladas Giménez empieza la serie de historietas con un dibujo detallado y realista, fruto de años de perfeccionamiento. Ese dibujo, además de lo que cuenta con las palabras, muestra la dureza de las condiciones para esos niños de la temprana posguerra española, de la cerrazón de una sociedad en torno a una sola visión, de los abusos de una sistema contra lo más preciado de la sociedad: la infancia. Así y todo Giménez hace algo casi imposible, convertir la serie de historietas de Paracuellos en algo hermoso, en historias también llenas de ternura, de amor, de amistad, de esa esperanza que nunca se pierde o que por lo menos es más difícil de perder cuando se es niño. Paracuellos, además de mostrar la crueldad, también es capaz de revelar esas cosas bonitas, especiales y significativas de la infancia y que es imposible que un generalísimo, que una Iglesia Católica o que un puñado de profesores falangistas pueda arrebatar del todo. Eso es, sobre todo, lo que nos quiere decir Giménez con su historieta, además de dejar un registro sincero de aquellos años oscuros de la España franquista:

“Me gustaría que los relatos que se cuentan en los seis volúmenes de la serie Paracuellos fueran considerados no solamente como la historia de unos colegios raros y perversos, sino además, también, como una pequeña parte de la historia de la posguerra española. Quizás una parte no muy importante en términos generales, pero en términos particulares, para los que nos tocó vivirla y para nuestros familiares, suficientemente importante como para querer dejar constancia de ella.

Carlos Giménez”

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