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Nada va a cambiar el mundo

Por diegogue publicado el 02/16/2009 archivado en animación, Cine

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Resulta desconsolador que el estreno en salas en los EEUU de Vals con Bashir (2008), la película donde Ari Folman reconstruye las masacres acaecidas en Sabra y Sathila, Libano, en septiembre de 1982,  coincida con la reciente masacre de la franja de Gaza, en la que han muerto más de 1300 civiles en lo que se empieza a reconocer no solo como un monstruoso crimen de guerra, si no uno de los genocidios más lamentables de los años recientes. Resulta desconsolador, lo que ha arriesgado un cineasta como Ari Folman, quien lleva un paso más allá el concepto del documental y del relato autobiográfico, al valerse de la animación (con unos diseños de personajes y una dirección de arte bellísimas), para relatar su propia y muy poco heroica experiencia como soldado regular a los 19 años, consiguiendo un relato que no es un panfleto, que no es propaganda, pero que en el más poético de los sentidos, es uno de los mayores alegatos antibélicos que ha dado el cine desde el Paths Of Glory de Kubrik o La Gran Illusion de Renoir.

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El argumento es más o menos el siguiente, Ari Folman, un documentalista israelí, es sacado una noche de su cama por su viejo amigo Boaz que estuvo con él en el ejercito, y que ha tenido durante dos años una pesadilla recurrente, en la cual 26 perros a los que ajustició en la guerra del Líbano del 82, vienen a cobrarse venganza. Al escuchar este relato, Ari advierte que él mismo no tiene muy claros los sucesos que ocurrieron en dicha guerra cuando era soldado, el único recuerdo que vaga en su mente es el de verse a sí mismo saliendo del mar con dos de sus compañeros. Ari no sabe porqué Boaz lo ha buscado para hablarle de su pesadilla, “tú eres cineasta”, le dice su amigo. A partir de ese momento, Ari Folman emprenderá, a través del documental, una investigación a ratos periodística, a ratos psicoanalítica, que lo llevará a la catarsis y al desahogo por la culpabilidad que él, y todo su pueblo, cargan encima por haberle hecho a los libaneses (y más adelante a los palestinos) un daño equivalente al que los nazis le hicieron una vez a los judíos. Pero si el tema es interesante y está tratado con una madurez e inteligencia admirables, la puesta en escena valiéndose de la animación (y acá Folman se uniría al grupo de los cineastas no animadores de los que se habló anteriormente), le permite a Valz con Bashir alcanzar un nivel estético inusual, el trabajo del animador Yoni Goodman (quien logra hacer que la animación de flash no luzca como un recurso barato si no antes bien como una técnica absolutamente sofisticada), del director de arte David Polonsky (responsable de la que quizás sea la mejor paleta de colores que haya tenido un largo animado), y la majestuosa banda sonora a cargo de Max Richter (con piezas incidentales de varios estilos, y algunas intromisiones muy acertadas de pop ochentero) realzan una obra que se vuelve pionera en la animación, por combinar el uso de animación recortada de flash con animación tradicional, partiendo de entrevistas que se hicieron a los personajes reales de la historia, veteranos de la guerra de Líbano, pero valiéndose también de elementos surreales y de una estètica absolutamente contemporánea. Los dibujos de Vals con Bashir son bellísimos, con una estética de cómic que la animación occidental rara vez consigue, la técnica de la animación (a ratos automática, a ratos convencional) es magnífica. El resultado, en medio de la tristeza de ver que las cosas no han mejorado para Israel (y sobre todo para sus países vecinos que son los que sufren las peores masacres),  es que Vals con Bashir es una obra maestra.

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Recientemente se firmó un acuerdo de no agresión en Gaza, aunque sería iluso pensar que las cosas van a mejorar, muy seguramente al cabo de un año, las hostilidades se reanudarán, y sobre todo morirán más niños y civiles, y seguramente, más adelante Israel la emprenderá contra Siria o contra algún otro de los países que la rodean (varios de los cuales, todo sea dicho, también han hecho de la intolerancia y del odio su bandera). Aunque se supone que la misión del arte no es cambiar el mundo sino apenas dejar un testimonio de lo que se es, y lo que se ha sido, sería grato pensar que en menos de una década, si no los gobiernos, que al menos los jóvenes israelíes que hayan crecido viendo esta película en cualquier canal de cable (o descargándola de internet como un servidor) se declaren objetores de conciencia. Finalmente, las guerras sólo se acabaran cuando nadie quiera resolver los problemas matando a sus semejantes.

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Ojalá no fuera cándido soñar con algo así

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