Todas las historias
deben ser contadas

Cuando el cómic es para los adultos

By Alvaro Velez on 11/05/2005 in comics
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Columnista invitado: Alvaro Vélez

Siempre que se habla de historieta la gente tiende a asociarla exclusivamente con el género de los superhéroes, es lógico en un ambiente como el nuestro en donde lo único que parece asomar la cabeza, en los cómics, es Superman, Batman, Spiderman y sus demás súper amigos –bueno, habría que ser un poco más amplios y afirmar que otros, sin superpoderes, como Mafalda, Condorito o Calvin y Hobbes también están dentro del imaginario popular local y nacional– . Por eso no es de extrañar que cuando una conversación deriva hacía la narración dibujada los comentarios giren alrededor de los de capa, mallas y superpoderes, o hacia los “dibujitos” de Quino, Pepo o Watterson; también no es nada raro que sea uno mismo el motivo de miradas sospechosas por ser dibujante y lector de obras cuya exclusividad pertenece a la lectura infantil o adolescente –a excepción, quizás, de Mafalda–. No discutiré acerca de los cómics de superhéroes como lectura para adultos, está claro que pertenecen a la infancia y a la adolescencia. Mi alegato va más bien por la defensa de un tipo de cómic que desafortunadamente, es poco conocido y que gracias a ese enorme desconocimiento es que aún se considera a la historieta como lectura reservada únicamente para los impúberes.
Cuarenta y pico de años van del desarrollo de otro tipo de cómic diferente al género de superhéroes, más de cuatro décadas que aquí apenas han dando unos tímidos coletazos. Podría hablar de antes del auge del cómic underground de los sesentas, afirmar la existencia de obras muy logradas y adultas como las de Little Nemo in Slumberland, de Winsor McCay, en los albores del siglo XX o Krazy Kat, de George Herriman, un cómic excepcional surgido en 1910, pero a lo que me quiero referir en este artículo es de lo que va del underground al cómic independiente, de los sesentas hasta nuestros días, digamos que es un pequeña contribución a la divulgación de un tipo de historietas más comprometidas con eso que llaman la naturaleza humana, más intimistas, más reflexivas y, digámoslo también, mucho más adultas y serias que a lo que estamos acostumbrados a conocer como cómic.
A partir de una autocensura impuesta por la Asociación de Revistas de Cómics Norteamericanas, en 1954, la publicación de historietas en el país del norte no volvió a ser la misma. En aquel entonces se prohibieron dibujos explícitos acerca del terror, el crimen, el sexo y al mismo tiempo se coartó la posibilidad de experimentar en el cómic con narraciones en donde el lado oscuro del ser humano se evidenciara. Todo esto con la excusa de que las historietas eran lecturas infantiles, por tanto temas de un corte adulto no podían existir en tan restringido limite. Las que ahora conocemos como grandes editoriales de historieta, como DC o Marvel, se acogieron al código de autocensura sepultando de una vez y para siempre –con algunas contadas excepciones– el género de superhéroes a la repetición infinita de fórmulas y a la total mediocridad. Por el contrario, algunas pequeñas editoriales y osados autores independientes decidieron, a partir de la década de los sesenta, publicar sus historietas sin la aprobación del código. Lo que surgió de allí se conoció luego como cómic underground. Los sesenta, como todos saben, fue un época de grandes transformaciones políticas y sociales, mientras la oficialidad del cómic (las grandes casas editoras de superhéroes) se hacía la de la vista gorda o se asomaba tímidamente a los grandes cambios, el cómic underground enfilaba y arremetía con toda su protesta desde las páginas de pequeñas revistas. El sexo, las drogas, la integración racial, el feminismo, la guerra de Vietnam, la decadencia de un sociedad WASP gastada y enferma eran temas del cómic underground, algunos autores se sumaban a una o dos causas y otros muchos más osados tocaban todos los espinosos temas por igual, denunciando, satirizando o sencillamente valiéndose de la agitación social y política para decir un par de cosas que desde hacía mucho tiempo querían afirmar.
Uno de esos autores, con bastantes agallas en el cómic underground, es Robert Crumb quien se atreve a hacer lo que se le venga en gana en sus historietas, juega con burlas al racismo (como en el conocido caso de “corazones de negro enlatados”); a las drogas, incluso tienen un periodo de creación bajo el influjo del LSD; a un feminismo desfachatado, ganándose muchas veces el odio del mismo movimiento en pro de los derechos de las mujeres y al sexo, siendo tachado en ocasiones de autor de material pornográfico.  Una cosa sí hay que decir y es que el periodo del underground es, en buena parte, inocentemente salvaje, es como una válvula que revienta después de contener por mucho tiempo una fuerte presión. Esta desfachatez o, si prefieren, histeria de los cómics underground, se irá puliendo con el tiempo para dar un fruto maravilloso en los cómics independientes de las décadas de los ochenta, noventa y estos primeros años del siglo XXI. Ejemplo de esa histeria, que poco a poco se apacigua, de ese agite loco de los sesenta que se convierte en profunda madurez es Art Spiegelman, quien en los sesenta dibuja y edita pura pulpa de underground y que durante los setenta y ochenta exhibe todo el poder de la vanguardia del cómic en su revista RAW, al lado de figuras que luego lograrán brillo propio en el cómic independiente, para finalmente exhibir una lograda obra como MAUS, una historieta acerca del holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial y que le mereció, en los noventa, un premio Pulitzer.
Ilustración de Will EisnerPero antes de Spiegelman habría que hablar del padre de la madurez de los setenta y ochenta, en cuanto a cómic se refiere, se trata de Will Esiner. Muchos lo conocen como el brillante autor de The Spirit, por allá en la década de los cincuenta, pero Eisner fue un creador casi sin par en la historieta. Desde siempre creyó en el cómic como un arte, en las posibilidades que tal manifestación estaba aún por dar, y en cierta forma lo manifestó en The Spirit pero su público tuvo que esperar algo más de veinte años para ver como Eisner ensanchaba las fronteras de la historieta con lo que él mismo acuño como novela gráfica. Se trataba de su libro en historieta Contrato con Dios (1978), una obra de largo aliento, semi autobiográfica, íntima y reflexiva, acerca de la tradición, de las creencias religiosas y de la perdida de estas. Eisner, como el padre de todos los muchachos locos que hacían underground en San Francisco, Nueva York, Los Ángeles o, incluso, al otro lado del océano como España, Francia e Italia, les mostró el camino por el cual se podían contar verdaderas historias a través del cómic. Eisner dibujó luego una amplia serie de historietas de corte adulto como El soñador (1986), El Corazón de la tormenta (1991), La avenida Dropsie (1995), Una cuestión de familia (1998) o El último día en Vietnam (2000). Pero antes de todo esto, y como afirmaba un poco más arriba, revistas como RAW, influenciadas en parte por Eisner, mostraban algunos autores que luego se convertirían en la voz del cómic independiente.

Cómic independiente no es lo que se conoce como cómic alternativo, éste último parte de la pulpa de los superhéroes para intentar una renovación del género. En los ochenta y noventa los cómics alternativos lograron una gran audiencia y muchos de sus autores se convirtieron en millonarios de la noche a la mañana –como en el caso de Todd McFarlane y su creación Spawn– pero, a decir verdad, en el fondo tan sólo se trataba de más de lo mismo, más mediocridad, más fórmulas, más ventas, más merchandise… A diferencia de estas historietas con una “nueva mano de pintura”, el cómic independiente ofrecía todo el poder creativo del underground pero reposado en una madurez en donde las cosas ya no se tenían que gritar.
portada de Ice Haven de daniel Clowes
En el cómic independiente, a diferencia del de superhéroes, hay una amplia gama de temáticas, de estéticas, de cometidos: historias de chicanos (méxico-americanos) en un barrio de alguna parte de suroeste de la unión americana, amores, intrigas, pandillas, gente trabajadora, adolescentes, jóvenes sin chamba y sin lana, los Bukis matizados con punk, así es la historieta de Love and Rockets, de Jaime y Beto Hernández; el mundo del Sci-Fi de los cincuenta, extrañas apariciones, personajes bizarros dentro de historias nada convencionales, dios y el diablo, el claro oscuro como estética y contenido, monstruos y apariciones de otros mundos son los temas de Charles Burns; profundas reflexiones acerca del cómic en cómic, lúcidos planteamientos sobre la enferma sociedad norteamericana, personajes fuera del establishment, perdedores, colegialas que quieren hacer otra cosa que ir a la universidad y absurdas historias detectivescas es a lo que se dedica Daniel Clowes en historietas como Eight Ball, Ghost Word o Pussey!; autobiografía, el perdedor que saca la cabeza y se vuelve creador, lo cotidiano se convierte en sublime, una mente irritada que ahora tiene como contar su irritación, aspectos logrados por Harvey Pekar en su historieta American Splendor; cómics que rompen el montaje clásico, estéticas que rayan de una forma preciosista con el art deco y al mismo tiempo diseño de avanzada, historias una vez más de la Norteamérica enferma matizadas por un dibujo agradable a los sentidos y árboles genealógicos en cómic que no recuerdan la diversidad étnica y cultural de la naciones, son algunos tópicos del trabajo de Chris Ware, especialmente en su colección The Acme Novelty Library; la vida misma en cómic, el día a día de un dibujante de historietas, levantarse, desayunar, jugar con el hijo, conversar o discutir con la esposa, salir con los amigos o, en definitiva, dibujar lo que se está dibujando, eso hace James Kochalka para sus cómics en la Internet y que luego publica como diarios de un american elf; Palestina entre campos de concentración, el horror de ser privado de la libertad, el judío antes victima y ahora verdugo, una voz rebelde en medio de la oficialidad y todo con una estética en la que Joe Sacco demuestra rigurosidad y veracidad, un reportaje periodístico llevado a la historieta en una novela gráfica que no se podría llamar de otro modo que Palestina; profundas reflexiones acerca de la historieta, la manifestación en sí, creaciones y autores, mercado del cómic, propuestas para ensanchar los limites y soportes de la historieta, dos libros como Understanding Comics y Reinventing Comics, de Scott McCloud, que no le pueden faltar al lector, al estudioso y al dibujante de historietas. Y me podría pasar escribiendo acerca de los norteamericanos y su cómic independiente pero quiero darle una mirada a Europa, no sin antes mencionar otros muy buenos autores como: Jason Lutes, Chester Brown, Jordan Crane y Adrian Tomine. ¿Olvidé alguno? Claro que lo olvidé, o no lo conozco, porque en el cómic independiente siempre hay uno más y casi siempre diferente a todos los demás.
MakokiYa decía que no me quiero ir sin antes mencionar Europa, podría empezar por Hugo Pratt, Moebius o, quizás, Enki Bilal, pero no son tema de este artículo (otro día será para ellos). Me voy a centrar sobretodo en lo que más conozco, en los cómics de la transición española. Como todos saben España padeció durante cerca de treinta años el régimen fascista del general Francisco Franco eso facilitó el auge de una serie de malas y muy mediocres historietas, que eran permitidas por la ultraderecha gobernante. Muerto el general y España empieza a experimentar, durante los setenta, el llamado “destape”, que no era otra cosa que la misma válvula explotando porque ya no podía contener la presión. Así el underground llegó a España a mediados de los setenta y los padres ya estaban ahí, como Carlos Giménez, y las publicaciones empezaron a surgir como surge la maleza cuando se le deja crecer en un jardín que ya la oficialidad no puede cuidar: Star, Cimoc, Comix Internacional, Tótem, Cairo y, la mejor de todas, El Víbora. De todas estas revistas, pero especialmente de El Víbora, surge una serie de autores que se destacan como lo más curtido del cómic de la transición: Max, con su amalgamado personaje Peter Pank; Gallardo y Mediavilla creando a ese loquito de atar que fue Makoki, Nazario y su detective maricón, gay, transvestido Anarcoma; Tannino Liberatore dibujando al androide punk Ranxerox; Martí y sus extrañas historietas, muy al estilo de Charles Burns, en Taxista, Monstruos mordernos o El doctor Vértigo y como olvidar a el Pamies que, con una indiscutible estética chunga, nos regala las maravillosas aventuras del detective Roberto el Carca, acompañado de un oligofrénico sidekick.

Este es un ejemplo de lo que a mí me gusta (bueno, me faltó hablar de gente como la de L´Association, en Francia), de lo que yo leo y en lo que pienso cuando me hablan de cómics, en lo que me inspiro cuando dibujo historietas. ¿De qué se trata todo esto? De historias cotidianas, intimas, reflexivas, acerca de la condición humana, de cómics también absurdos, bizarros, de meros ejercicios estéticos o narrativos, en definitiva de creadores que tienen cosas que contar, que hacen lo que quieren, no lo que les pide un jefe o, lo que es peor, los mercados de oferta y demanda. ¿Cómo le llaman a eso? Creo que le dicen arte, pero que importan ahora las definiciones, lo que importa en este momento es que se empiece a pensar más allá de esos tres pelmazos que vuelan, tienen capa, malla y una serie de superpoderes, que combaten el crimen, en donde el bien siempre está sobre el mal y nunca falta el final feliz. paginas de Joan Sfar

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Truchafrita es un pez que lo pescaron y ahora está frito

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