Todas las historias
deben ser contadas

Un tren que va hacia ningún lugar

By diegogue on 06/11/2012 in animación, Cine
1
3

El año pasado el programador de un festival de cine de un emirato árabe me preguntó por el aparente auge de la animación en mi país, Colombia, y es que en 2011 se estrenó en salas un largometraje animado, en 2012 otro y todo parece indicar que en 2013 se estrenará otro más (o eso dicen). Le respondí casi sin pensar, que ese supuesto auge no es ni mucho menos colombiano, que lo que ocurre es que hoy en día están al alcance de la mano software muy sofisticados para hacer todo tipo de animación, flash, toon boom, blender, 3dmax, que solucionan una serie de problemas técnicos que antes hacían terriblemente engorrosa y costosa una producción animada, y que la internet permite además estar completamente al día con las técnicas, los estilos y las tendencias de la animación contemporánea, y que por eso, incluso en un país periférico, sin tradición alguna en ese campo y con una tradición audiovisual en general más bien precaria, se puede afrontar la producción de algo tan complejo como un largo animado. Y si eso es así por aquí, que no decir de países con cinematografías más sólidas y con algo más de experiencia en animación, los ejemplos de cine independiente animado, del que explora además temáticas adultas cada vez más lejanas a los estereotipos de Dreamworks o Pixar aumentan: Vals con Bashir en Israel, Arrugas en España, The King of Pigs en Corea o esta bellísima película que acabo de ver, Alois Nebel de la República Checa.

Alois Nebel es un personaje gris, que oculta oscuros traumas de infancia ligados al final de la segunda guerra mundial, cuando fueron echados de sus tierras los habitantes de su región en los montes Jesenik, que eran de origen alemán. Ahora, a finales de los 80, cuando en Praga hay tribus urbanas de metaleros y punkies y el sistema se resquebraja rápidamente, Alois trabaja en la estación de tren de Bili Potok, donde no para de llover y los trenes que llegan parecen no venir de ningún lado ni llevar a ninguna parte, su compañero Wachek, a la par de ser informante, está metido en toda suerte de negocios turbios de contrabando con los militares rusos que constantemente pasan por ahí, pero es tal vez algo que viene de familia, ya que su padre, el viejo Wachek, fue un colaborador de los nazis primero y un comunista a ultranza después. Una noche el destino destruye la rutina de la estación al aparecer en medio del bosque un extraño fugitivo del país vecino, Polonia. Alois, al tiempo que pasan los trenes en medio de la niebla, sufre de alucinaciones que lo llevarán a ser internado y a compartir terapias con el misterioso fugitivo que nunca dice una palabra y que finalmente escapará de nuevo. Al volver a su puesto de trabajo, Alois lo encontrará ocupado por Wachek y deberá viajar a la capital a resolver su situación laboral, pero se enfrentará al caos administrativo pre glazsnot, que lo obligará a pasar las navidades y el año nuevo durmiendo en un banco de la estación de tren de Praga, claro que ahí conocerá a esa mezcla de vagabundo, rufián y ladrón que es Olda, y por supuesto, a la que será la primera mujer de su vida adulta, Kveta. Al volver a su puesto de trabajo con su cargo restituido muchas cosas habrán cambiado, el fugitivo volverá a aparecer y Alois, hombre solitario y de pocas palabras, se hará parte de una extraña conjura de la que, nos iremos dando cuenta, él más que nadie debía ser parte. Habrá un final trágico, pero también habrá redención y una gota de esperanza para seres que parecían haberlo perdido todo.

Basada en la novela gráfica escrita por Jaroslav Rudis y dibujada por Jaromír Svejdík, que comprende tres historias diferentes protagonizadas todas por este singular personaje, Alois Nebel, la película de Tomás Lunák estrenada en 2011, de entrada recuerda un poco la estética de Vals con Bashir, pero en donde el documental israelí se valía, con mucho cuidado y precisión, de una animación de flash, aquí estamos ante una película rotoscopiada cuadro a cuadro, que fue primero filmada en su totalidad en imagen real con actores vestidos y maquillados y cuyos escenarios suponen una curiosa mezcla entre 3d con fotografías y video. El grosor de la línea y su origen en novela gráfica le dan a la película un look muy de cómic, y aunque al comienzo cuesta un poco aclimatarse al original estilo, a la larga uno logra olvidarse de los aspectos técnicos  y se sigue simplemente la historia. Algunos críticos han señalado que Alois Nebel es valiosa no tanto por lo que cuenta como por la atmósfera, pero acaso esa afirmación no sea demasiado precisa.


Como es relativamente común en las cinematografías de los países de Europa del este (que no decir en el cine ruso o más aun, en el cine soviético), en Alois Nebel no asistimos a una narración convencional, en la que los realizadores se preocupen de atar todos los cabos y hacer la historia completamente clara, hablamos de un tipo de cine que exige la completa atención del espectador, y en lo posible, contar con referencias que lo ubiquen en el tiempo y el lugar de la historia (claro que como se dijo al comienzo, hoy en día se cuenta con la internet). A diferencia de lo que ocurre en Persépolis, acá no tenemos un narrador en off que nos expliqué todo lo que no es completamente obvio, pero asimismo, se nos cuenta una historia relacionada con la historia de un país, con heridas que después de 50 años no se han sanado, y con temas que para algunos aun resultan escabrosos, como las deportaciones masivas, los crímenes impunes y la corrupción del estado socialista.


En cambio, como ocurre en History of Violence, de Cronemberg, vemos una historia que simplifica un poco la novela gráfica en la que está basada, donde se desarrollaba más la historia previa de cada uno de los personajes, pero como pasa también en History of Violence, libro y película, en ambos caso estamos ante una obra de ficción bastante ambiciosa, con el aliciente de que la de este taciturno despachador de trenes está contada en un formato que hasta hace escasos años solo se consideraba oportuno para cuentos infantiles con animales parlantes. Alois Nebel, además de su cuidada ambientación, sus notables actuaciones, o su dirección de arte (a cargo del dibujante del cómic, quien también fue uno de los músicos), cuenta con una banda sonora de lujo que incluye hermosas baladas checas que remiten a Lou Reed y a Leonard Cohen, y especialmente el tema Pùlnoèní (medianoche) a cargo de Václav Neckáø, que podría ser una de las canciones de navidad más bonitas jamás compuestas.


En el terreno de lo estrictamente personal, pienso que Alois Nebel no ha tenido aun la resonancia que se merece, ya que la considero uno de los largometrajes animados más valiosos de lo que va de siglo, mejor que cualquiera de las 5 nominadas al Oscar de animación de este año, por dar un ejemplo.

Comentarios

comentarios

1 Comment

  1. Nico 06/20/2012 Reply

    Qué buena pinta!

Add comment

deja tu comentario